sábado, 30 de marzo de 2019

Ser

La individualidad del alma, del ser es meramente una observación mundana, pues al existir en el plano espiritual dejamos de ser, ya que ser y no ser son la misma cosa.

Los mecanismos sociales nos encierran en dialécticas incompatibles y contradictorias que eventualmente nos llevan al choque de ideologías que no permiten ver la verdad del asunto. 
Esta verdad se sostiene sintomaticamente  en el hecho implícito de la desigualdad natural de las cosas llevándonos a entender que iguales es imposible, ya que sin el agua y sin la sed ninguna de las dos podría existir.  
Procuramos encontrar en las diferencias naturales piedras en el camino, y al encontrarlas en vez de construir puentes para nuestro conocimiento espiritual, construimos muros que nos van alejando de nuestra realidad, que es efímera en el transcurrir de los tiempos, y nuestra necedad nos aparta día a día del camino que verdaderamente debemos transitar.

Obviamente somos diferentes y no somos iguales en absoluto, pero tampoco inferiores en ningún sentido ya que la naturaleza es sabia y nos los demuestra a cada instante. Ciegos somos cuando privados de aquella conciencia eterna, y estancados en creencias superficiales que nos condenan a arrastrar con nuestra fuerza mortal, la imponente carga del pensamiento humano, y nos desarma y despoja de todo lo que el universo infinito guarda dentro de cada uno de nosotros como lo es la sabiduría del  alma. 

Mujer y hombre, hombre y mujer no son iguales pues la naturaleza eterna del universo es sabía y da a cada quien lo que le corresponde cumplir en su concepto de vida y eternidad, ya que de ser iguales el hombre y la mujer, la vida que perpetua el espíritu eterno no podría existir como tal. 

La mujer y el hombre deben ser diferentes por ley natural y así como la lluvia y la tierra deben complementarse y así como la tierra y la lluvia dan vida eternamente como complemento uno del otro, así debe de ser en el hombre y la mujer.

Pues no por uno estar mas elevado que el otro es superior porque aunque el agua viaje en el cielo azul cabalgando en la belleza maravillosa de las nubes sera vida al caer en las áridas arenas del desierto.
Y no por la tierra permanecer a los pies de la montaña llenará de verdes jardines la llanura, pues sin su complemento sería fútil su existencia.

lunes, 25 de marzo de 2019

Crecer

Te deje fluir por dentro de mi,
hasta que sentí que todo mi ser,
mi vida futura, mi vida pasada,
y mi vida actual se lleno tanto de tí, que no quedó nada que no te pertenezca y cada átomo de mi espíritu y mi pensamiento quedó colmado con tu espíritu, con tu alma, y con el aroma sublime de tu eternidad.
Te deje fluir también fuera de mis sentidos hasta que el espacio exterior se colmo de tu ser, de tu esencia y no se hallará en el cosmos lugar alguno donde tu fluir no se sienta, donde tu conciencia sempiterna no rose con tu luz, y aquellos refugios perdidos en el infinito también serán bendecidos por esa impoluta blancura del alma, que no hace mas que iluminar caminos, hacia la eternidad, hacia nuestro destino que espera.

Dentro del infierno

Las 6 de la mañana.

Desperté, con la desesperación, de quien le es arrebatado o deja caer al vacío, su tesoro.
Desde mi cama sin abrir los ojos oigo el silencio de la casa.

Por la calle un vehículo pasa velozmente

En el interior, no hay sonido alguno.

Mantengo cerrados los ojos, respiro como exaltado, siento como mi corazón golpea dentro de mi pecho, respiro el olor de mis sabanas.
Pero sigo, sigo sin abrir mis ojos.

Siento ese vacío profundo que nada lo llena, un vacío que no es hambre ni sed, un vacío que es incompletable, un vacío que desborda y ahoga.

¿Como puedo sentir algo que no existe en sí, pero me inunda en su totalidad?

Examiné mentalmente cada rincón de la casa antes de abrir los ojos y encontrarme con la realidad.

Miro a mi alrededor sin hallar a nadie, y los ojos se me llenan de lágrimas.
Un nudo que ahoga se clava en mi garganta, en la parte mas profunda del paladar un agudo dolor por evitar el llanto se clavó... y es ahí mismo que mis mejillas se inundan, mis mejillas sin yo quererlo, es en ese mismo momento que intento tragar saliva pero ese nudo se aprieta mas y mas, y entonces brota un llanto mudo y mis labios comienzan a saborean la sal de las lágrimas y a medias comprendo que estoy solo.

Respiro profundamente, cerrando suavemente los ojos y levantando la cara al cielo como suplicando el milagro al volver a abrir los ojos, pero no, allí mismo parado en ese lugar me encuentro completamente solo, sin milagro, si esperanza, sin saber que hacer, como actuar, sin saber como responderle a mi mente la infinidad de preguntas que me hace.

El corazón sigue latiendo como si corriera, no tengo ánimo de nada, y me digo... Hoy hace treinta y tres días, hoy hace treinta y tres días.

Me acerco a la puerta del baño, la puerta esta entreabierta, siento el olor al jabón que cada mañana podía oler en sus inmaculadas e inocentes mejillas, algo que ya jamas podre volver a hacer.

Mi corazón se acongoja, y camino hacia la sala de la casa y enciendo una de las luces.
La casa sigue en silencio, apenas se ve como la claridad del día empuja con suavidad a la noche que mira para atrás como esperando a alguien.
Veo desde donde estoy que un taxi para en la calle, cerca de la entrada de mi casa, es mi vecina que llega de trabajar, es cirujana y dicen una de las mejores.
Al ver que la luz del living de casa esta encendida, ella levanta la mirada. Ve en mi dirección, me ve y con un movimiento suave levanta su mano y me saluda, con un gesto de compasión en su rostro e inmediatamente baja su cabeza y entra a su casa.

Yo me pierdo por unos instantes viendo el vacío, la nada, tratando de entender quizá.

Entro al baño, respiro ese jabón que podía oler desde el pasillo cerca de la puerta de mi habitación.
Lo tomo n mía manos, lo huelo, lentamente abro el grifo del agua, dejo inconscientemente que corra mientras escucho su sonido y veo como se va por el orificio del desagüe.
Mojo mis manos, me enjabono las manos y lavo mi cara.

La  luz del baño esta apagada.
Así es mejor, así no puedo verme al espejo.

igualmente prefiero no hacerlo, temo verme, temo despertar en la realidad de estos días, temo que esto sea cierto, temo tener que seguir viviendo en esta nada.

La calle comienza a tener mas movimiento, los vehículos que cruzan por frente se sacuden sobre la calle de adoquines rojos y grises que bajo la claridad de los faroles del alumbrado, salpican destellos que encandilan suavemente.
  
El silencio aturde en la casa, mientras pienso sin sacar de mi mente aquellos sucesos que me traen a este instante.

Salgo del baño después de lavar mi cara, camino hacia la cocina y noto que mi boca aun tenia pasta dentífrica, creí haberme enjuagado pensé, y volví a enjuagarme, esta vez intentando estar consciente de ello.

Debo salir de aquí...
Respiro profundamente, pero es imposible llenar mis pulmones sin sentir este vacío que entre mi espalda y mi pecho reina.

Me abruma el cansancio, el pensamiento, el sentimiento , la impotencia y el dolor.

Los días caminan vacíos, lentos y sin ningún sentido para mí.
Hoy es otro día, que en este sitio lleno de recuerdos me abruma.
De de escapar...
Y siento que se tornan egoístas mis sentimientos.
De igual manera aun sabiendo que no volverán les aguardo cada día.

viernes, 22 de marzo de 2019

El puente de piedra sobre el río.

El frío de la nueva madrugada tocaba mi piel y se colaba hasta mis huesos con la ayuda desinteresada del viento, que sacudía el frío  y la humedad que se colaba en mi abrigo el cual intento desesperadamente cerrar con mis manos a la altura del pecho que en mi desdichada existencia y mala suerte, o quizá mi estupidez que intento a veces atribuir a otros factores como la desgracia y cosas de esas que cuando la vida nos muestra su lado mas duro buscamos a quien culpar de nuestra mala estrella. 

El hecho en si es que absurdamente sus botones extravíe cuando por razones que aun intento entender el exceso de vino me empujó colina abajo y logró desmayarme por el golpe o la  borrachera, y al despertar después de horas y con un terrible dolor de cabeza, pude ver que los botones de mi abrigo ya no estaban,.debo aclarar que esto de que el vino se me suba a la cabeza no es algo que  suceda a menudo.
Sin futuro trasnocho sin sentido, como queriendo aferrarme al día, procurando que este no termine, obligándole a extenderse por sus horas, buscando hacerme su dueño, negando al sueño acercarse a mi.
La noche cae plácida sobre la llanura de verdosos prados que a esta hora ya nos blande su puñal, su espada filosa en un atardecer invernal que corta en su anchura gélida con pensares de otros tiempos, de itra vida, que se acusa en mi espalda en forma de escalofríos y eriza mi piel y provoca un leve temblor en mi cuerpo, temblor, una especie de chucho de frío  que algunos le atribuyen a los espíritus, a la parca, o a la muerte que se dice que nos atraviesa por el cuerpo sin llevarnos.
Vacilante y sin palabras hago señas pidiendo al tabernero que me sirva otro vaso de vino.
¿Que pensamientos traen mis pensamientos, que obligan al alcohol alejarme de ellos como quien se aleja del lugar que una vez fue sometido, torturado o flagelado?
El tabernero viene lento con su renguera, camina pánfilo como las estrellas en las noches de invierno cuando esta es más larga.
Jarra en mano y sin prisa alguna, el viejo posadero al que todos llaman Uriel cruza frente al hogar donde cuelga una olla donde preparan un exquisito guisado que no he de probar, no porque no quiera, sino porque mi pobreza es tal que es casi inalcanzable poder llevar esa comida caliente a mi estómago, que se retuerce y salta como una jauría de lobos atrapada en el.
El aroma se desparrama por todo el ambiente del salón, que alberga a esta hora a toda clase de perdedores, caminantes, vagabundos, o simplemente alguien que quieren olvidar en el siniestro bullicio que la soledad provoca y buscan entre estas cuatro paredes de dudosa sanidad encontrar alivio o consuelo a su desgraciada vida que les persigue, como perseguiría el cazador a su presa.

Pienso en ese nombre, Uriel...
¿No es acaso un nombre ensalzando en beneplácito majestuoso de los cielos?, ¿No es acaso un nombre celestial que se oscureció, en la tristeza que desborda este individuo que me sirve sin siquiera verme a los ojos?. ¿Que lo afanó a esta tragica desgracia que también lo castiga cual condenado errante que deambula sin juicio final las desgarrantes laderas de la miseria, o cual será el sentido que el le pone a su vida cuando por las mañanas despierta envuelto en sus inmundicias su olor, sus quejidos, sus penurias, su pobreza,  o su infortunio?

Quizás, si yo tuviera la dicha de tener ese nombre pienso, quizá mi vida fuera distinta me digo a mi mismo, quizá las benevolencias de
la vida me hubieran abrazado con la calidez que una madre, abraza a su tierno hijo al acobijarle en el momento en que este va a sus aposentos a descansar. 

Un leño rueda fuera de la estufa, cuanto daría de mi vida si el valor me inflara y yo sin ver a mi alrededor fuera capaz de tomar la cuchara de madera semi quemada por el fuego y probar  esa deliciosa cena, ¿que seria yo capaz de darle a la suerte? si carezco de absolutamente todo, hasta del valor de hacer que me tiren para afuera por llenar mi boca con ese guisado y satisfacer mi hambre, olvidándome del instinto que no me deja mover de este asiento duro, que tiene adormecida mis piernas, que me tiene esclavo aquí de este mendrugo de pan y un deseado vaso de vino.

El vino va cayendo en el vaso suavemente mientras quien sostiene la jarra cambia la mirada hacia el otro lado del salón , y su descuido vuelca de ese cáliz en la madera inmunda de la mesa provocando que mis labios sean humedecidos por mi lengua y arrancando un grito molesto del hombre que huele tan mal como su letrina.
_¡MALDICION!... Grita un Uriel colérico.

Será mejor que me olvide de aquel guisado jeje
Otra vaso de vino en otra mesa, el humo se cuela por la chimenea, mis ojos arden, solo puedo sentir el aroma del guisado y ver como los platos de madera en la mesa que esta junto a la mía, se desbordan y el vapor se mezcla con el humo que flota sobre nuestras cabezas
Treinta años ya
Treinta años...parezco de sesenta o más.
¿Que me trajo a este momento?
ya no se quien fui, ya perdí el pasado en mi endeble memoria, ya no existo para nadie, ya no existo para mi. Temo el día, y los reflejos de mi rostro en el agua, prefiero ocultarme de mí, en la noche, ella no pregunta, no cuestiona no finge, no señala con el dedo acusador a quien por infructuosas circunstancias perdió su camino, su estrella, la vida, una vida también vacía que de otros era, y para otros.
Divaga mi mente mientras...recordando esa taberna que hasta hace poco tiempo me albergaba callada y tibia, con su fuego, sus olores, su mágico ambiente que se impregna en el alma de aquellos desconsolados o trotamundos que siempre nos rodean, que a todas horas su umbral atraviesan buscando descanso.
Voy tiritando por el camino que lleva al pueblo, después de haber estado bebiendo  un vaso de vino rancio y dulce que fue lo único que me lleve a la boca, ah lo olvidaba y mendrugo de pan duro, que tenia en su exterior, un insoportable aroma a orines de gato o ratas, en aquella lúgubre y vetusta posada, que esta a una gran distancia del pueblo, el sólo pensarlo me repugna, pero con ese vino añejo no sabía tan mal verdad? me pregunto...
El antiguo saco azul que me abriga y que alguna vez perteneció a mi abuelo  ya tiene infinidad de inviernos, su lana antigua y pesada me cobija mas por el peso  que por su espesor, tenerlo sobre mis hombros cargándolo, obliga a mi cuerpo a esforzarse y esa lucha me calienta en este despiadado invierno. este viejo saco le acompañó en sus días de soldado, en las infinitas noches de guardia, en el viejo cuartel que hizo su servicio cuando era un muchacho. El viejo saco, me ampara, en esta oscuridad que parece haberse tragado al mundo, y con el mis sueños y esperanzas.
Camino con los pasos cortos casi arrastrándome, los zapatos viejos ya parecen haber perdido el rumbo y quieren sacarme del camino empedrado que apenas visible brilla pálido, arrebatándole a las estrellas su moribundo palpitar, que se riega sobre el suelo guiando cual procesión fúnebre mis pasos a la grotesca oscuridad.
Mis pasos se apresuran sin esperar a  mis piernas, mis pasos cansados, mi pies doloridos se sumergen en un charco de agua al costado del sinuoso sendero y mis pies se congelan automáticamente. Maldigo una y otra vez a mi suerte, lo que me faltaba los pies empapados.
Me siento en el suelo, la hierba húmeda moja el deteriorado pantalón lleno de remiendos, que alguna vez fue café, y que hoy se asemeja a las velas de un antiguo navío que surca los mares a la deriva y que  atraviesa el tiempo sin que una aguja repare sus telas para que el viento lo empuje hacia su destino.
Me apresuro a quitarmelos.
Mi calcetín izquierdo esta seco, pero el derecho, esta totalmente empapado y lleno de barro. Una de las suelas tiene un agujero enorme razón oír la cual mis pies hacia rato se entumecieron de frío.
Pienso... A un par de cientos de metros esta el puente, y el pequeño río, allí los lavare y sí tengo  algo se suerte le pediré a los guardias que están a la entrada de la ciudad, que hagan el bien de dejarme secarlos en esas fogatas que ellos hacen para mantenerse calientes. Pero primero debo llegar, mis fuerzas parecen abandonarme.
Huelo en la noche, lo que parece ser leña quemándose, seguramente sea de aquellos bondadosos guardias que posan firmes bajo la muralla de la ciudad, debe de ser por ese fuego, estoy seguro.
En viento suave parece tempestad chocando con mi esquelético cuerpo, sacudiendo mi delgada figura, mis huesos, mi miseria, que se afana sin fuerzas por encontrar la estabilidad mientras intento ponerme de pie con mis pies descalzos y helados que tocan el suelo con miedo y dolor, donde los pasos apresurados se tropezaron impetuosos y torpes llevándome a la trampa inescrupulosa  den charco de agua que los empapó...

miércoles, 6 de marzo de 2019

Reverencia

Delicadamente llueve el rocío sutilmente podríamos decir.
Callada la tarde llega, aun sin ser invitada pero nos sorprende callada y respetuosa como cada tarde al llegar. La tibieza del astro aun vuela sobre nosotros, sobretodo e impulsa la melodía salvaje que brota desde mi ser al acercarse con lentos pasos la hora de la reflexión y el silencio, al acercarse con sonora y muda paciencia, la noche...

Oh... Si, la noche, esa misma que hace brotar la pasión, fluir como un río la ardiente pasión que se desboca, que desborda en frenesí y delirios los manjares mas dulces mas buscados que nos limitan al instante  banal y delirante que nos perturba a veces para siempre, y nos ayuda a comprender que no todo es  reluciente, y que el brillo a veces nos puede encandilar y hacernos perder el camino, apartándonos de lo real llevándonos por caminos sinuosos donde el final, no es de cuentos de hadas.

Veo cerca de mí, la verdosa figura del limonero que parece estirar sus ramas como si tuviera brazos y sus hojas como dedos enormes que casi pueden tocarme, y que por el rocío en ellas, dejan reflejar la luz de la luna en su superficie, simulando con aquella palidez lunar, un diminuto collar de perlas, que adornan cada una de sus hojas, decorando mi alrededor, sacando la monotonía espectral de la negra bóveda que nos protege del mas allá haciéndome sentir Rey.

Aquí, en esta magna soledad
en este desmedido silencio
parece oírse apenas a la distancia como las olas castigan a la roca
o la besan apasionadamente
todo depende de uno.

También en silencioso rubor
el palpitar puntiagudo de las estrellas nos deleitan con ademanes callados pero fulgurantes que nos acusa brevemente las enormidad del firmamento donde su brillo, apasiona al poeta que deslumbra con su pluma el corazón del soñador, de aquel que vive de esperanzas y que busca en la tinta derramada entre lineas invisibles, la dulzura desmedida del alma misma.