El frío de la nueva madrugada tocaba mi piel y se colaba hasta mis huesos con la ayuda desinteresada del viento, que sacudía el frío y la humedad que se colaba en mi abrigo el cual intento desesperadamente cerrar con mis manos a la altura del pecho que en mi desdichada existencia y mala suerte, o quizá mi estupidez que intento a veces atribuir a otros factores como la desgracia y cosas de esas que cuando la vida nos muestra su lado mas duro buscamos a quien culpar de nuestra mala estrella.
El hecho en si es que absurdamente sus botones extravíe cuando por razones que aun intento entender el exceso de vino me empujó colina abajo y logró desmayarme por el golpe o la borrachera, y al despertar después de horas y con un terrible dolor de cabeza, pude ver que los botones de mi abrigo ya no estaban,.debo aclarar que esto de que el vino se me suba a la cabeza no es algo que suceda a menudo.
Sin futuro trasnocho sin sentido, como queriendo aferrarme al día, procurando que este no termine, obligándole a extenderse por sus horas, buscando hacerme su dueño, negando al sueño acercarse a mi.
La noche cae plácida sobre la llanura de verdosos prados que a esta hora ya nos blande su puñal, su espada filosa en un atardecer invernal que corta en su anchura gélida con pensares de otros tiempos, de itra vida, que se acusa en mi espalda en forma de escalofríos y eriza mi piel y provoca un leve temblor en mi cuerpo, temblor, una especie de chucho de frío que algunos le atribuyen a los espíritus, a la parca, o a la muerte que se dice que nos atraviesa por el cuerpo sin llevarnos.
Vacilante y sin palabras hago señas pidiendo al tabernero que me sirva otro vaso de vino.
¿Que pensamientos traen mis pensamientos, que obligan al alcohol alejarme de ellos como quien se aleja del lugar que una vez fue sometido, torturado o flagelado?
El tabernero viene lento con su renguera, camina pánfilo como las estrellas en las noches de invierno cuando esta es más larga.
Jarra en mano y sin prisa alguna, el viejo posadero al que todos llaman Uriel cruza frente al hogar donde cuelga una olla donde preparan un exquisito guisado que no he de probar, no porque no quiera, sino porque mi pobreza es tal que es casi inalcanzable poder llevar esa comida caliente a mi estómago, que se retuerce y salta como una jauría de lobos atrapada en el.
El aroma se desparrama por todo el ambiente del salón, que alberga a esta hora a toda clase de perdedores, caminantes, vagabundos, o simplemente alguien que quieren olvidar en el siniestro bullicio que la soledad provoca y buscan entre estas cuatro paredes de dudosa sanidad encontrar alivio o consuelo a su desgraciada vida que les persigue, como perseguiría el cazador a su presa.
Pienso en ese nombre, Uriel...
¿No es acaso un nombre ensalzando en beneplácito majestuoso de los cielos?, ¿No es acaso un nombre celestial que se oscureció, en la tristeza que desborda este individuo que me sirve sin siquiera verme a los ojos?. ¿Que lo afanó a esta tragica desgracia que también lo castiga cual condenado errante que deambula sin juicio final las desgarrantes laderas de la miseria, o cual será el sentido que el le pone a su vida cuando por las mañanas despierta envuelto en sus inmundicias su olor, sus quejidos, sus penurias, su pobreza, o su infortunio?
Quizás, si yo tuviera la dicha de tener ese nombre pienso, quizá mi vida fuera distinta me digo a mi mismo, quizá las benevolencias de
la vida me hubieran abrazado con la calidez que una madre, abraza a su tierno hijo al acobijarle en el momento en que este va a sus aposentos a descansar.
Un leño rueda fuera de la estufa, cuanto daría de mi vida si el valor me inflara y yo sin ver a mi alrededor fuera capaz de tomar la cuchara de madera semi quemada por el fuego y probar esa deliciosa cena, ¿que seria yo capaz de darle a la suerte? si carezco de absolutamente todo, hasta del valor de hacer que me tiren para afuera por llenar mi boca con ese guisado y satisfacer mi hambre, olvidándome del instinto que no me deja mover de este asiento duro, que tiene adormecida mis piernas, que me tiene esclavo aquí de este mendrugo de pan y un deseado vaso de vino.
El vino va cayendo en el vaso suavemente mientras quien sostiene la jarra cambia la mirada hacia el otro lado del salón , y su descuido vuelca de ese cáliz en la madera inmunda de la mesa provocando que mis labios sean humedecidos por mi lengua y arrancando un grito molesto del hombre que huele tan mal como su letrina.
_¡MALDICION!... Grita un Uriel colérico.
Será mejor que me olvide de aquel guisado jeje
Otra vaso de vino en otra mesa, el humo se cuela por la chimenea, mis ojos arden, solo puedo sentir el aroma del guisado y ver como los platos de madera en la mesa que esta junto a la mía, se desbordan y el vapor se mezcla con el humo que flota sobre nuestras cabezas
Treinta años ya
Treinta años...parezco de sesenta o más.
¿Que me trajo a este momento?
ya no se quien fui, ya perdí el pasado en mi endeble memoria, ya no existo para nadie, ya no existo para mi. Temo el día, y los reflejos de mi rostro en el agua, prefiero ocultarme de mí, en la noche, ella no pregunta, no cuestiona no finge, no señala con el dedo acusador a quien por infructuosas circunstancias perdió su camino, su estrella, la vida, una vida también vacía que de otros era, y para otros.
Divaga mi mente mientras...recordando esa taberna que hasta hace poco tiempo me albergaba callada y tibia, con su fuego, sus olores, su mágico ambiente que se impregna en el alma de aquellos desconsolados o trotamundos que siempre nos rodean, que a todas horas su umbral atraviesan buscando descanso.
Voy tiritando por el camino que lleva al pueblo, después de haber estado bebiendo un vaso de vino rancio y dulce que fue lo único que me lleve a la boca, ah lo olvidaba y mendrugo de pan duro, que tenia en su exterior, un insoportable aroma a orines de gato o ratas, en aquella lúgubre y vetusta posada, que esta a una gran distancia del pueblo, el sólo pensarlo me repugna, pero con ese vino añejo no sabía tan mal verdad? me pregunto...
El antiguo saco azul que me abriga y que alguna vez perteneció a mi abuelo ya tiene infinidad de inviernos, su lana antigua y pesada me cobija mas por el peso que por su espesor, tenerlo sobre mis hombros cargándolo, obliga a mi cuerpo a esforzarse y esa lucha me calienta en este despiadado invierno. este viejo saco le acompañó en sus días de soldado, en las infinitas noches de guardia, en el viejo cuartel que hizo su servicio cuando era un muchacho. El viejo saco, me ampara, en esta oscuridad que parece haberse tragado al mundo, y con el mis sueños y esperanzas.
Camino con los pasos cortos casi arrastrándome, los zapatos viejos ya parecen haber perdido el rumbo y quieren sacarme del camino empedrado que apenas visible brilla pálido, arrebatándole a las estrellas su moribundo palpitar, que se riega sobre el suelo guiando cual procesión fúnebre mis pasos a la grotesca oscuridad.
Mis pasos se apresuran sin esperar a mis piernas, mis pasos cansados, mi pies doloridos se sumergen en un charco de agua al costado del sinuoso sendero y mis pies se congelan automáticamente. Maldigo una y otra vez a mi suerte, lo que me faltaba los pies empapados.
Me siento en el suelo, la hierba húmeda moja el deteriorado pantalón lleno de remiendos, que alguna vez fue café, y que hoy se asemeja a las velas de un antiguo navío que surca los mares a la deriva y que atraviesa el tiempo sin que una aguja repare sus telas para que el viento lo empuje hacia su destino.
Me apresuro a quitarmelos.
Mi calcetín izquierdo esta seco, pero el derecho, esta totalmente empapado y lleno de barro. Una de las suelas tiene un agujero enorme razón oír la cual mis pies hacia rato se entumecieron de frío.
Pienso... A un par de cientos de metros esta el puente, y el pequeño río, allí los lavare y sí tengo algo se suerte le pediré a los guardias que están a la entrada de la ciudad, que hagan el bien de dejarme secarlos en esas fogatas que ellos hacen para mantenerse calientes. Pero primero debo llegar, mis fuerzas parecen abandonarme.
Huelo en la noche, lo que parece ser leña quemándose, seguramente sea de aquellos bondadosos guardias que posan firmes bajo la muralla de la ciudad, debe de ser por ese fuego, estoy seguro.
En viento suave parece tempestad chocando con mi esquelético cuerpo, sacudiendo mi delgada figura, mis huesos, mi miseria, que se afana sin fuerzas por encontrar la estabilidad mientras intento ponerme de pie con mis pies descalzos y helados que tocan el suelo con miedo y dolor, donde los pasos apresurados se tropezaron impetuosos y torpes llevándome a la trampa inescrupulosa den charco de agua que los empapó...